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La profesora Carmen lleva veinte años dando clases en una secundaria pública. Ha visto pasar reformas, planes de estudio, nuevas siglas y manuales que prometen cambiarlo todo. Por eso, cuando escuchó por primera vez el nombre Nueva Escuela Mexicana, no se entusiasmó ni se alarmó. Solo pensó: “a ver qué toca ahora”.

Un lunes, la directora los citó a una reunión. Les explicó que ya no se trabajaría exactamente como antes. Las materias siguen ahí, pero ahora deben organizarse de otra forma. Ya no basta con seguir el libro y avanzar tema por tema. La escuela tiene que mirar más a su alrededor: la colonia, las familias, los problemas del barrio.

Carmen vuelve a su salón con los nuevos libros. No son como los anteriores. Hay menos listas para memorizar y más preguntas abiertas. Algunas actividades no tienen una respuesta correcta clara. Le piden que los alumnos investiguen, conversen, salgan a observar lo que pasa fuera de la escuela y lo traigan de vuelta al aula.

Al principio le cuesta. Está acostumbrado a explicar, evaluar y pasar al siguiente tema. Ahora le dicen que trabaje por proyectos, que conecte lo que enseña con la vida diaria de sus alumnos, que el aprendizaje no sea solo individual, sino colectivo. Siente que el rol del profesor cambia: ya no es solo quien transmite contenidos, sino quien acompaña procesos.

Con el paso de las semanas, Carmen empieza a ajustar su forma de enseñar. En lugar de empezar la clase con definiciones, empieza con una pregunta. En vez de un examen al final, propone un trabajo en grupo. Descubre que algunos estudiantes que antes hablaban poco ahora participan más cuando el tema tiene que ver con su comunidad.

No todo es sencillo. A veces no tiene claro cómo evaluar. A veces siente que le faltan herramientas o capacitación. Otras veces extraña la estructura rígida de antes, donde todo estaba claramente ordenado por páginas y fechas. Pero también nota que la clase se parece más a una conversación que a un monólogo.

Con el tiempo, Carmen entiende que la Nueva Escuela Mexicana no le pide que deje de enseñar matemáticas, historia o lenguaje. Le pide que las enseñe de otra manera: conectadas con la realidad de sus alumnos, con su contexto social y con la idea de que la escuela no está aislada del mundo que la rodea.

Y así, día a día, va aprendiendo a adaptarse a la Nueva Escuela Mexicana.

Pero hay un problema, que va más allá de la filosofía o la metodología que están detrás de la Nueva Escuela Mexicana: y es que adaptarse a un nuevo sistema toma tiempo, no funciona de un día para otro, pero las clases no paran. Y al final, Carmen termina dedicándole demasiado tiempo a preparar nuevas clases y actividades en su casa. A veces incluso hasta las 11 de la noche.

En Califica creemos que el tiempo del profesor es más valioso cuando está en la sala de clases, haciéndole preguntas desafiantes a sus alumnos y dedicándose a lo que mejor sabe hacer: enseñar. Y no cuando se pasa los fines de semana preparando rúbricas y exámenes. 

Así que incorporamos todo el currículo de la Nueva Escuela Mexicana a nuestra plataforma, para que todas tus planificaciones, actividades y rúbricas estén alineadas con esta reforma. Nuestra misión es que puedas adaptarte a ella más rápido y mejor; y así dedicarle el tiempo que esta nueva metodología necesita, y en el lugar más importante: la sala de clases.

Posdata: Carmen es un personaje ficticio, aunque está inspirado en los cientos de profesores mexicanos con los que charlamos día a día. Si te interesa conocer una historia real, te dejamos la charla que nos dio Daniel, profesor de matemáticas.

Y si te interesa participar de más charlas como estas, mantente atento a nuestras redes sociales: todas las semanas haremos un Kali te Enseña basado en un tema diferente.

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